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Va siendo hora de que digamos las cosas por su nombre. Desde 1979 hasta la crisis financiera de 2008, la autonomía catalana dispuso de la voluntad de construir un Estado de bienestar para todos los catalanes. A pesar de los déficits políticos y estructurales que puedan existir, nadie puede negar el gran salto que Cataluña dio en eso período ascendente, cuando “todo estaba por hacer y todo era posible”, como escribió el poeta popular por excelencia, Miquel Martí i Pol.

El modelo catalán de Estado de bienestar es de los caros: hospitales comarcales por doquier; universidades territorializadas; centros de atención primaria de proximidad; regeneración de pueblos, barrios y ciudades, que cambiaron de tipología y tamaño; centros de investigación; hospitales de referencia y hospitales concertados; canales de televisión y de radio, públicos y privados, a cargo del erario público; escuelas públicas, concertadas y privadas; el gran aumento de los servicios sociales debido al crecimiento demográfico o una policía con gran preparación.

En fin, 30 y tantos años de autonomía han dado pie a un sinfín de posibilidades que ya quisieran otros para sí mismos, aunque ese escenario de crecimiento no haya sido suficiente para resolver las desigualdades que aún siguen vivas en la sociedad catalana actual. Los beneficios sociales no están bien repartidos y la pobreza existe y se puede ver a simple vista.

El modelo catalán de desarrollo tiene un defecto inmenso, pues convierte a la administración en el principal sostén de todo lo que se mueve, incluyendo a los empresarios, quienes desgraciadamente están demasiado acostumbrados al auspicio franquista de las subvenciones públicas.

El modelo INI llega también a las ONG de este país, la mayoría de la cuales se sostienen a base de endosar a la administración buena parte de sus gastos de personal. Este es un modelo que particularmente no me gusta porque inhibe la iniciativa privada y desmerece el riesgo. Sobrevivir no significa vivir y genera dependencias. El paternalismo de la administración permite un clientelismo maligno que, además, crea anticuerpos destructivos entre los que lo critican.

Las sociedades dominadas por partidos comunistas tienen un modelo parecido pero con un dirigismo aún mayor y con una desigualdad social estructural que dejaría a Marx boquiabierto. Y sin embargo en Cataluña el comunismo rebrota de vez en cuando, y ahora parece que nos toca vivir esa época, para criticar el statu quo y proponer un régimen que muchos de sus grandes defensores no aplicarían jamás ni en su vida privada.

Ahí tienen el ejemplo de los hermanos Salellas, “esos intocables”, en palabras de su correligionario Julià de Jòdar, que intentan justificar con milongas por qué son más “ricos y famosos” que la Pantoja. No deben ser los únicos ricos de la CUP, porque el futbolista Oleguer Presas también es de la CUP y su ficha en el Barça no era precisamente de amateur.

Eso de que algunos izquierdistas sean ricos y quieran disimularlo es muy catalán. En Sant Gervasi y Pedralbes vive mucho pijoprogre con piscina y mucama para todos los días de la semana. Y eso también ocurre en Manresa, Vilafranca, Girona o en Bellpuig, donde la clase media adoptó formas de nuevo rico hasta que la crisis económica puso del revés las vidas tranquilas de los hijos del pujolismo.

Porque el pujolismo-leninismo, utilizando una definición de Ernest Lluch sobre quien gobernaba en Cataluña desde la implantación de la autonomía, consistió, como escribiese George Steiner refiriéndose a los marxistas franceses, en derrumbar la realidad y dejar en suspenso la necesaria relación entre “la frase, la vida, y la acción”. Esa es la contradicción de quienes nunca vivirían en un país socialista real, porque les resultaría aburrido e insolidario hasta extremos insospechados.

Pujol dejó en manos de la izquierda psuquera la educación y la sanidad a cambio de ejercer el poder autonómico bajo el manto de presidir un gobierno “nacional”. El sistema sanitario catalán estuvo en manos de comunistas desde el primer momento, incluso durante el mandato del consejero Laporte, y los centros de secundaria y las universidades ya estaban en manos de la izquierda desde mucho antes. La intención de Pujol era poder reinar aunque eso comportase renunciar al combate de ideas.

Cuando dejó de ser presidente quiso recuperar con iniciativas de todo tipo lo que no supo preservar como presidente, hasta que se descubrió su fraude fiscal y el escandaloso enriquecimiento de sus hijos. Entonces su teatro se vino abajo. Los Salellas se aferran a ese fraude —y a otros parecidos— para justificarse y justificar el enriquecimiento legal de sus padres, cuya riqueza no dudo que se construyó con el sudor de su frente. Quieren salvarse, y de paso aparentar que no son hacendados, con la admonición moral del otro. Lo suyo es pura moralina.

La CUP se fraguó en ese cóctel de debilidades y desarrollismo que fue el pujolismo. Acostumbrados a vivir y a progresar con facilidad, muchos hijos de convergentes se metieron a activistas para soñar con la revolución de la mano de los intelectuales y profesores marxistas que inundan las universidades catalanas. Los casos son muchos y no voy a dar la lista para que no me tachen de acusador.

La CUP nació en los pueblos del interior y tuvo su razón de ser como alternativa a “los de siempre”, a pesar de que en muchos casos esa “casta” eran sus padres y madres. Después se tornó alternativa global, agrupando a una larga lista de organizaciones izquierdistas de todo tipo, libertarias y comunistas, feministas e independentistas, trotskistas e internacionalistas, anticapitalistas, siempre, cuyo pegamento era el ideal de destrucción del orden establecido. Los besos, los abrazos entrañables, las camisetas y la bobería de los pijoprogres les dieron diez diputados el 27-S. Y desde entonces se entretienen practicando el filibusterismo parlamentario.

Los hijos mimados del bienestar se llevaron por delante al presidente Artur Mas con la excusa de que él era el heredero de Pujol y el líder de las maldades del sistema capitalista. La encarnación de Merkel en Catalunya. Les dio igual que él y tres de sus consejeros y consejeras estuviesen imputados por el 9-N. Para ellos, la épica es sólo de izquierdas. Ahora quieren tumbar al gobierno Puigdemont y los presupuestos presentados por el vicepresidente Junqueras porque saben que sus papás van a dejar de votarles y quien les robará la cartera se llama Ada Colau. Y esa perspectiva les asusta.

La CUP aprobó finalmente la ampliación del presupuesto de Ada Colau con un poco de teatro. Con JxSí , en cambio, son inflexibles, faltando al pacto de investidura que les impedía votar conjuntamente con lo unionistas. Van a romper su palabra como hacen siempre los niños malcriados, puesto que las enmiendas a la totalidad se votan conjuntamente, independientemente de que hayan sido presentadas por separado. La CUP votará contra los presupuestas junto a PSC, PP, C’S y CSQP. ¡Vaya tela!

Publicado en EconomiaDigital, 03/05/2016

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