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Detalle de la estatua neoyorquina dedicada a Colón. Fue eregida en 1892 a propuesta de la comunidad italiana de la ciudad para conmemorar el 400 aniversario del descubrimiento. Foto: Nicholas Baume

 

Pongo a Dios entre corchetes porque soy laico. Me molesta la intrusión de las religiones en el espacio público, aunque sus trazos se reconozcan aquí y allá sorteando lo que yo piense. La religión se cuela en los refranes y es evidente en el conjunto de iglesias, catedrales y mezquitas que se extienden por pueblos y ciudades, sin obviar las fiestas y tradiciones varias que inundan el calendario. La religión católica forma parte de la cultura antropológica del pedazo de mundo que me tocó en suerte. A pesar de que la religión es una fe individual, íntima, privada, sin embargo se manifiesta en el espacio público. Es por eso que los gobiernos tienen la obligación de intervenir, no para fomentar una iglesia nacional, como pasó con el nacionalcatolicismo franquista, sino para regular sus derechos y sus excesos.

Lo mismo ocurre con la historia. En todas partes se está incubando el virus que amenaza con destruir monumentos conmemorativos de la historia del siglo XIX, especialmente. Es, según dicen los que fomentan esta epidemia, la manifestación plástica del combate por la hegemonía histórico-ideológica del pasado. George Orwell ya predijo que algo así ocurriría en la sociedad totalitaria que anunció para 1984: “Every record has been destroyed or falsified, every book rewritten, every picture has been repainted, every statue and street building has been renamed, every date has been altered. And the process is continuing day by day and minute by minute. History has stopped. Nothing exists except an endless present in which the Party is always right.” Lo que para Orwell era una pesadilla ha tardado un poco más en llegar, pero aquí está.

Que el presente condiciona cómo encaramos hoy el pasado y qué nos interesa de él, te lo enseñan en el primer curso de la carrera de historia. No es una novedad. Es, digamos, lo normal en la forma de trabajar de los historiadores. Lo anormal es querer substituir lo que pasó, representado simbólicamente por monumentos o tradiciones, por lo políticamente correcto hoy en día. ¿Es menos estúpido el argumento para justificar la retirada del monumento dedicado a Antonio López, ubicado al final que la vía Layetana, frente a uno de los laterales de la lonja de Barcelona, que el que utilizó Donald Trump para justificar la violencia de los supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia, cuando se manifestaron en contra de que se removiese la estatua ecuestre del general confederado Robert E. Lee?

En todas partes cuecen habas. El nombre de Robert E. Lee está inmortalizado en decenas de escuelas, carreteras, edificios y monumentos de todo el sur de Estados Unidos, como Cristóbal Colón está presente en un sinfín de monumentos erigidos en ciudades latinoamericanas y norteamericanas. También en Barcelona existe un monumento dedicado al “descubridor”, cuyo derribo solo ha exigido, por lo menos hasta el momento, la CUP por “coherencia discursiva e ideológica”, dicen, tras el anuncio del Gobierno de Ada Colau de que trasladará la estatua de Antonio López de su plaza al museo Frederic Marès. Se trata, según ellos, de que la retirada de las estatuas de López y Colón “sea el principio de la retirada de muchos otros monumentos fascistas y clasistas de la ciudad”. El abuso de la historia es innegable. ¿Por qué no derribamos el Arco de Triunfo del paseo Lluís Companys? Al fin y al cabo es un monumento erigido en 1888 para celebrar la modernidad capitalista de la Exposición Universal? ¿Es que los concejales del Ayuntamiento barcelonés no se han dado cuenta de que los relieves laterales simbolizan, a un lado, la Agricultura y la Industria y el Comercio y el Arte en el otro, y de que encima de ese arco triunfal están esculpidos los escudos de las 49 provincias españolas presididos por el escudo de armas de Barcelona? ¿Lo derribamos al grito de abajo el capitalismo y todo lo que huela a español?

Los políticos no saben historia, como ya lamentaba Josep Benet, solo la usan cuando les conviene. En los Estados Unidos, un país con una larga historia si se tuviera en cuenta el pasado de las naciones indias, el debate sobre el monumento dedicado a Cristóbal Colón es tan estúpido como el que promueven algunos políticos e historiadores en estos lares. Vean lo que dijo la portavoz del alcalde Nueva York, Melissa Mark-Viverito, este mes de agosto refiriéndose al monumento colombino que preside Columbus Circle, a la entrada de Central Park, al lado del Trump International Hotel & Tower (¡horror!): “There obviously has been ongoing dialogue and debate in the Caribbean — particularly in Puerto Rico where I’m from — about this same conversation that there should be no monument or statue of Christopher Columbus based on what he signifies to the native population . . . [the] oppression and everything that he brought with him”. “Bullshit”, le hubiera respondido si hubiese estado presente en esa rueda de prensa.

Barcelona, como otras muchas ciudades del mundo, es un museo del siglo XIX al aire libre. Les recomiendo el libro de mi amiga Judit Subirachs, especializada en escultura catalana de los siglos XIX y XX, L’escultura del segle XIX a Catalunya. Del Romanticisme al Realisme (1994), y podrán comprobar por ustedes mismos que no solo Barcelona es un archivo de la memoria que se puede ver a simple vista, paseando. El problema es que aquí, a diferencia de Boston, por ejemplo, los itinerarios turísticos históricos se reducen a Gaudí y al modernismo. Barcelona es un compendio de historias que no sabemos aprovechar. Andas por las calles de Berlín y miras al suelo y el antiguo muro está indicado por todas partes. Andas por las rondas de San Pedro, Universidad y San Antonio y no hay forma de que el transeúnte se dé cuenta que transita por las antiguas murallas que se vinieron abajo por la exigencia popular durante la Revolución democrática de 1868.

Eso era lo que quisimos paliar desde la Cátedra Josep Termes cuando hace años presentamos un proyecto de musealización urbana de la Barcelona del siglo XIX al programa RecerCaixa, la línea de ayudas a la investigación de la Obra Social de la Caixa. No logramos que nos tuvieran en cuenta y ahí está nuestra propuesta, durmiendo el sueño de los justos sin encontrar patrocinador. Es verdad que hoy en dìa sería difícil de aplicar con un consistorio dominado por la incultura y un comisionado para los asuntos de la memoria que está más preocupado por montar escándalos y promover a sus amigos que por la historia. Su misión sigue siendo promover una memoria pública oficial con la que ya soñaron los franquistas y que ahora es objeto del deseo de izquierdistas de tres al cuarto que quisieran convertir la catedral en un centro cívico.

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