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Foto: Lupe de la Vallina / Jot Down

En algo le doy la razón a Inés Arrimadas. Catalunya somos todos. Los unionistas y los independentistas, del mismo modo que en el pasado los franquistas y los antifranquistas también eran todos ellos catalanes. La dictadura no hubiera sobrevivido tanto si no hubiera contado con el apoyo de muchos catalanes, empezando por Francesc Cambó, el líder catalanista que financió el golpe de estado. Sus razones tendría, pero lo cierto es que ayudó a imponer un régimen sin libertades, represivo e injusto, que costó la vida, la cárcel o el exilio a muchos catalanes demócratas. Cuando la policía se personaba en casa de mis padres a altas horas de la madrugada para detener a mi padre o a alguno de mis hermanos, mi madre ofrecía café y pastas a los agentes de la Brigada Político-Social. Mi madre, una mujer de orígenes humildes y sabia, pretendía ablandar la ferocidad de quienes después, en comisaría, podían sobrepasarse con su marido y sus cachorros. Lo consiguió algunas veces pero por lo general, no. Aquellos policías también eran catalanes, aunque algunos hubieran llegado del mismo lugar que la señora Arrimadas. Creo que su historia familiar va por ahí.

A pesar de que mi madre fuera tan ingenua de intentar proteger a los miembros de su familia detenidos por la policía franquista con agasajos, lo cierto es que no pudo evitar que les maltratasen en comisaria. Pasados los años, cuando a algunos nos parecía que la dictadura había sido superada por un régimen constitucional y parlamentario, un día coincidí en un autobús con uno de esos policías que entraban en mi casa con malas intenciones. Quedé helado. Se me revolvió el estómago. Me vinieron ganas de gritarle: ¡fascista! Pero no lo hice. Le estuve observando fijamente durante el trayecto que compartimos, pero callé. Él también me observaba y estoy seguro de que sabía quién era yo o por lo menos lo intuía. Pensé que daba igual. Por su pinta deduje que seguía siendo policía, ahora protegido por la Constitución, sin que nadie le hubiera preguntado algo sobre su pasado y sobre los métodos intimidatorios y violentos se usaban él y sus compañeros para interrogar a los detenidos. No dije nada en absoluto pero tampoco se me ocurrió abrazarle.

¿Quién pude ser tan cínico de reclamar el saludo de los que tú admites que se mande a la cárcel por delitos inventados? Es imposible

Les cuento esto porque el otro día en el Parlament, Inés Arrimadas se puso estupenda lamentando que los diputados de la mayoría independentista no la saludaban: “¿Cuánto habrá que esperar para poder saludarnos por el pasillo?” —dijo. Arrimadas reclama amor pero fomenta el odio. Y es que lo irónico del caso es que su reclamo se produjo, precisamente, el sábado pasado, justo el día que debía votarse la investidura del president de la Generalitat y que no pudo ser porque el candidato Jordi Turull ya estaba entre rejas por mor de una auto de procesamiento de tintes nazis. ¿Quién pude ser tan cínico de reclamar el saludo de los que tú admites que se mande a la cárcel por delitos inventados? Es imposible. Eso lo sabe incluso Felipe González, que es mucho más listo que Arrimadas sin dejar de ser español hasta los tuétanos. Ese mismo día me crucé en el Parlament con García Albiol y no solo no le saludé, sino que le dije en voz alta a mi acompañante que es imposible ser amable con los que quieren verte muerto. García Albiol le oyó y le dio igual, seguramente. Me niego a asumir la hipocresía que nos quieren imponer esos catalanes que, como el policía franquista, pueden circular sin ningún problema por las calles de Barcelona mientras otros, los independentistas, debemos ir con cuidado incluso con las conversaciones telefónicas. La patraña de la rebelión es, simplemente, una vulneración de los derechos humanos. Se debería poder ser unionista y demócrata a la vez. Estamos muy lejos de eso.

Con Inés Arrimadas, Sonia Sierra, Juan Arza o Alejandro López-Fonta he salido de fiesta. Cuando Dani Domenjó dirigía el programa de debate La Rambla, al final de temporada invitaba a todos los colaboradores a un encuentro relajado y nocturno en una sala de fiestas. La juerga podía durar hasta bien entrada la madrugada sin ningún problema. Lo mismo puedo decir de Jordi Cañas, con quien coincidí en el programa de Carlos Fuentes, Catalunya Opina, o de Xavier García Albiol, tertuliano en L’olla de grills, un programa que emitía la televisión de su ciudad. No recuerdo que hubiera habido jamás ningún incidente. Al contrario. Las divergencias en cuanto a las opiniones políticas no estaban reñidas con la buena educación e incluso las tomadura de pelo y el gracejo. Cañas me traía a casa con su coche después del programa y recuerdo que una vez le ofrecí a Arrimadas el asiento de mi vehículo porque estaba mareada. No puedo decir que fuera amigo de alguno de los unionistas citados, pero podía convivir con ellos sin ningún problema. Les respetaba y me respetaban. Hasta que se dieron cuenta de que eso de la independencia iba en serio. Entonces se acabaron las sonrisas, puesto que el objetivo principal de la revancha unionista posterior a los sucesos de octubre es aniquilar a los independentistas. Destruir-los.

La patraña de la rebelión es, simplemente, una vulneración de los derechos humanos. Se debería poder ser unionista y demócrata a la vez. Estamos muy lejos de eso

En la sesión parlamentaria del sábado se habló mucho de reconciliación, especialmente por parte de los unionistas, a quienes no obstante costaba mirar a la cara a los independentistas. No era para menos. Lo constaté también en la triste mirada de Xavier Sardà, un unionista civilizado con quien me abracé, que andaba por el Parlament haciendo comentarios para La Sexta. Miquel Iceta pronunció uno de esos discursos suyos tan brillantes como tramposos. Habló de la necesidad de ser empáticos los unos con los otros y cuando desde la tribuna se concitó el aplauso para las familias de los presos allí presentes, ningún socialista tuvo la osadía de levantarse y aplaudir para mostrar un poco de humanidad. Ni siquiera se atrevió a hacerlo Ramon Espadaler, el superviviente democratacristiano hoy en el grupo socialista, y que había sido compañero de Turull y Rull en la federación de CiU. La política deshumaniza incluso a los cristianos. ¡Qué pena! Por lo tanto, abrazos, los justos. Como le explicó el portavoz de JuntsXCat, el diputado Quim Torra, a Inés Arrimadas: “Los independentistas jamás les mandaríamos a ustedes a la cárcel por intentar poner urnas en favor de la unidad de España”. Esa es la diferencia entre unos y otros. Eso demuestra la catadura moral de cada cual.

Publicado en elnacional.cat, 26/03/2018

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