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FOTO: FRANÇOIS LENOIR (REUTERS)

La detención en Alemania del MHP Carles Puigdemont ha puesto en marcha una nueva campaña para prescindir de él. Este hombre, pobre, tiene muchos enemigos, dentro y fuera de Cataluña. Que el gobierno español le esté persiguiendo por tierra, mar y aire es normal, al fin y al cabo la paranoia española con la unidad de la patria les ha llevado a pisar los principios democráticos más elementales. Que la coalición catalana del 155 también desee eliminar a Puigdemont no es novedad. Él es quién les recuerda con su sola presencia, especialmente al PSC, que los hechos de octubre también fueron consecuencia de la incapacidad política de los unionistas para ofrecer una alternativa creíble al reclamo popular para decidir el futuro de Cataluña. La España federal se ha deshecho como un azucarillo y ha sido sustituida —y no es una exageración— por la más burda propaganda xenófoba anticatalana. Provoca escalofríos leer la prensa madrileña y escuchar lo que se predica en las televisiones castellanas.

Además del gobierno y los partidos españoles y de los unionistas catalanes, ¿quién más quiere quitarse de encima a Puigdemont? Para empezar, aquellos que ya le hicieron la pascua durante los famosos 18 meses que tenía que duró la legislatura que acabó con la proclamación de la República y la posterior aplicación del artículo 155 mediante el cual se disolvió el Parlamento, se destituyó al Gobierno y se depuso al presidente legítimo de Cataluña. Y eso por haber osado convocar un referéndum y, todo hay que decirlo, desafiar el monopolio madrileño del Estado. No existe cosa más sagrada que la patria, sobre todo si eres incapaz de compartirla. Ya lo decía Durkheim cuando hablaba de los soldados que ofrecían la vida siguiendo un trozo de trapo coloreado. Sin esa visión sagrada de la nación sería imposible “ofrendar nuevas glorias en España…” tal como reza el himno regional de la Comunidad Valenciana (lo escribo así adrede) y que es la marca de fábrica del anticatalanismo valenciano. Y aun así, los presuntos aliados de Puigdemont en el Gobierno de Junts pel Sí le dieron la espalda muy pronto.

Carles Puigdemont es hoy el icono del independentismo catalán que sus perseguidores han elevado a la categoría de símbolo mundial

Leo el gran reportaje sobre el proceso que Oriol March ha convertido en libro y me doy cuenta de hasta qué punto Puigdemont se ha convertido en un personaje incómodo para los partidos tradicionales del independentismo, todos ellos conformados y dirigidos por personas adaptadas mentalmente al régimen del 78. La incomodidad generada por este hombre provocó que saltaran los plomos en PDeCAT y ERC. A menudo ha parecido que Puigdemont actuaba sin partido, a pesar de que lleva años militando en CDC y después en el PDeCAT. Pero como le está pasando a mucha gente, estos partidos no han sabido estar a la altura de las circunstancias. Está claro, y eso también es verdad, que algunos de los artefactos que usó Puigdemont para abordar el referéndum y todo el que se aconteció después apresuradamente —el famoso Estado Mayor, por ejemplo—, no fue nada del otro jueves. Una pandilla de forofos con ínfulas de profesionales. Ahora, además, la mayoría de los que  participaban en ese organismo atípico proclaman que sólo acudían de vez en cuando y sin capacidad para decidir nada. Los arquitectos de la desconexión diseñaron una transición idealista, a menudo errónea, que la dirección política no supo corregir. Pasó un poco como el que está pasando ahora, que los abogados han enterrado la carrera política de prácticamente todos los inculpados en el proceso judicial.

El miedo provoca que se digan barbaridades. O que se difundan mentiras. Más vale que empecemos a hacer el inventario de los errores cometidos para no caer nuevamente en ellos. A Puigdemont se le atribuyen todos los males que se han abatido sobre Cataluña como si él hubiera planificado solito el intento de ejercer el derecho a la autodeterminación. No, él solo no movilizó a todo un pueblo exigente, pero cómo se destaca en un manifiesto que han firmado unas 600 personas —entre ellas yo mismo— y que se ha gestado en el entorno de ERC que está en contra de la “normalización” que reclama la actual dirección, “nadie puede dudar de que [Puigdemont] es un hombre de profundas convicciones republicanas que, durante su mandato, ha asumido con coraje los valores y principios de democracia y progreso. Es el único político en activo que, a la postre, ha declarado la República”. Expuesto sin tapujos: “La fuerza de los hechos lo convierte hoy en el gran activo de un republicanismo que va más allá de la forma de gobierno y que liga con la filosofía del país”. Es por todo eso que este manifiesto nace del “mundo republicano, de izquierdas, social y sindical”, que en principio no es exactamente el del presidente Puigdemont.

Los que tengan miedo de velar por la democracia, que se aparten, y por favor, que lo hagan sin difundir sermones sobre quién está abducido y quién no por la teoría del “cuanto peor, mejor”

No le demos más vueltas, Carles Puigdemont es hoy el icono del independentismo catalán que sus perseguidores han elevado a la categoría de símbolo mundial. En el mundo, Puigdemont es, guste o no, el líder de los catalanes soberanistas. Por eso molesta tanto a los que quieren retornar a las plácidas y pútridas aguas del pujolismo y que proclaman impertérritos que no disponemos de un mandato democrático para implementar una república. Yerran, porque se dispone de ese mandato. Incluso las elecciones del 21-D demostraron que existía un mandato como ese, aunque estaría bien que fuera más amplio. Pero es que Puigdemont se ha convertido, también, en un referente para los demócratas que en todas partes sufren los efectos del deterioro de la democracia, fruto del populismo de derecha y de izquierda, en nombre, precisamente, de una supuesta voluntad popular. Es que sino no se entendería el apoyo que recibe Puigdemont de grupos políticos europeos tan variados ideológicamente. Desde que fue detenido en Alemania, por ejemplo, Die Linke (que es la versión germánica de Catalunya en Comú) se ha volcado en su favor.

“Puigdemont es nuestro presidente”, se dijo en campaña electoral y eso es lo que grita la gente en la calle. Y así debe ser. Los que tengan miedo de velar por la democracia  por los costes personales que pueda comportarles, pues que se aparten y, por favor, que lo hagan sin difundir sermones sobre quién está abducido y quién no por la teoría del “cuanto peor, mejor”. Puigdemont no es un talibán. Cómo tampoco lo son los que defienden que un diputado, al menos mientras lo sea, pueda ser reelegido presidente  de la Generalitat. Tiempo  habrá para cambiar de candidato y así enfatizar la miseria del autonomismo. A decir verdad, ya se ha probado y no se ha podido investir a nadie. España sólo quiere un presidente autonómico que se muestre manso y, si es posible, acojonado. Hay candidatos al cargo. Son los que señalan a Puigdemont cómo si ya fuera un cadáver político mientras le leen una elegía funeraria. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Ahí están los sabuesos.

Publicado en elnacional.cat, 05/04/2018

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