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Antoni Fernández Teixidó (de pie) y Roger Montañola (sentado) en la presentación de “Lliures”.

 

El 15 de febrero de 1939, antes de cumplirse un mes de que el ejército franquista ocupase Barcelona, el historiador Ferran (ya convertido en Fernando, Don Fernando) Valls Taberner publicó un famoso artículo, La falsa ruta, con el que apostataba de lo que había sido durante años: un miembro destacado del catalanismo conservador. El título de su artículo era un buen resumen de lo que defendía en él, lo que también se constata en el libro que publicó después: Reafirmación espiritual de España (1939). Valls Taberner se convirtió en uno de los propagandistas catalanes del franquismo de mayor entidad desde que en 1937 formara parte de la misión cultural que Franco mandó a Sudamérica para propagar la buena nueva fascista.

La rectificación que proponía Valls Taberner se justificaba con el mismo romanticismo que antes le había servido para sustentar el catalanismo, como historiador y como político. “Catalanismo —escribía—no ha resultado lo mismo que amor a Cataluña, aunque de buena fe aparecieran a muchos, en otro tiempo, uno y otro como cosas idénticas. Escrutando hoy el pasado próximo podernos darnos cuenta, si la pasión o la terquedad no enturbian nuestra mente, de que el catalanismo, en su actuación política, contribuyó poderosamente al desarrollo del subversivismo en Cataluña, llevándolo hasta las capas sociales superiores.” Subversión y burguesía, que es lo que denunciaba el antiguo diputado de la Lliga Regionalista, evidentemente no ligaban demasiado.

¿Y en qué consistió esa subversión burguesa? Pues por aquel entonces en sumarse a la petición de un régimen autonómico para Cataluña en el marco de una España unida. ¡Caramba! Eso es lo que hoy defienden los tímidos catalanistas desgajados de la antigua federación nacionalista que dirigió Jordi Pujol durante años. “Hay que reconocer —insistía Valls Taberner— que el catalanismo resultó en definitiva un lamentable factor de disgregación, así con respecto a la unidad nacional española, como también dentro de la misma entidad regional catalana, produciendo en ella una funesta separación, mejor diremos contraposición, que a veces, enconada por el odio político, llegó a parecer irreductible, entre los mismos catalanes, divididos en catalanistas y anticatalanistas, con lo que se inició ya, dentro de la misma Cataluña, una discordia profunda, que en el orden moral era un preludio de guerra civil, vehemente y furibunda”.

“Algunos tímidos catalanistas desgajados de la antigua CiU defienden, como Taberner, un régimen autonómico en una España unida”

 

¿No creen ustedes que el argumento de la división entre catalanes se parece mucho a lo que sustentan hoy los unionistas respecto al catalanismo independentista? El perfume del miedo siempre huele mal.

La lucha parlamentaria por la autonomía, que es lo que definió al catalanismo desde mediados del siglo XIX, pero en especial des de 1901, con el triunfo electoral de la candidatura catalanista de la Lliga Regionalista, al fin fue tachada de subversión por quienes se adhirieron al fascismo que representaba el franquismo, ese conglomerado de falangistas, católicos, carlistas y renegados del catalanismo. El grueso del conservadurismo catalán derivó, como también pasó con otros conservadores europeos, hacia el totalitarismo de derechas. En Cataluña, a algunos les resultó fácil hacerlo con la misma justificación que utilizó Valls Taberner transformado en sepulturero:

“Lo que, en medio de la equivocación general, hubiera en él [en el catalanismo] de nobles ansias renovadoras y de esencias tradicionales, ha sido muerto últimamente por los corifeos separatistas, y a consecuencia de ello el catalanismo es hoy un cadáver. Para el bien de Cataluña y de España entera no lo podemos de ningún modo dejar insepulto.”

Enterrar el catalanismo y liquidar un pasado equivocado. Esa fue la solución que propusieron los antiguos autonomistas, para integrar a Cataluña en “la obra grandiosa de la reconstrucción de la Patria española emprendida por el Movimiento Nacional”. Hoy no existe quien se atreva a plantearlo con esos términos apocalípticos, aunque el fascismo light acecha cuando los partidarios de rectificar la nueva falsa ruta del catalanismo se muestran indiferentes —cuando no son exaltados partidarios de rebanarle el cuello a todo quisque— ante la persecución de los independentistas moderados que osaron preguntar a la gente qué deseaba para su futuro.

No lo van a reconocer, pero ese miedo a lo desconocido de algunos moderados que crecieron bajo el manto del catalanismo pujolista se basa en el mismo e insuperable patriotismo español de sus abuelos, que se alzaron con Franco disgustados con el catalanismo autonomista, con la “falsa España” catalana de Enric Prat de la Riba, lo que les sirvió para dejar testimonio del triunfo de la bandera rojo y gualda e implantar una dictadura de casi cuarenta años. Casi nada.

“Igual deben rectificar los que quieren volver a folclorizar la política catalana y someterla la dictado español en vez de apostar por las urnas”

 

A las 7 de la tarde del 26 de Enero de 1939, el general Juan Bautista Sánchez González, de la V División de Navarra, pidió, antes de que hablase desde el balcón del Ayuntamiento el escritor y abogado carlista José María Junyent, hijo del que fue director de El Correo Catalán, que pusieran una sardana, “pero que no fuera muy patriótica”. A eso quedo reducido el catalanismo de los Valls Taberner, Mateu y Pla, Riera Marsá, Fages de Climent, Riquer, Ventosa y Calvell, Bertrán y Musitu, Amat y compañía ¿No será que los que tendrían que rectificar ahora son los que quieren volver a folclorizar la política catalana y someterla al dictado español en vez de cotejarla en las urnas?

Publicado en EconomiaDigital, 18/03/2017

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