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Menudo lío el que quiere organizar el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Quiere aprovechar una argucia legal para intentar cargarse de un plumazo a los democristianos de Demòcrates y a los centristas del recién nacido Partit Demòcrata Català (PDC). Los conservadores del PP aún no han aprendido que la democracia es algo más que un reglamento. Esa forma de proceder puede que fuera la norma en los tiempos de Franco y puede que sea por eso que quienes crecieron políticamente bajo los faldones de la dictadura, como fue el caso del ministro conspirador, anden aún despistados.

A las huestes de Toni Castellà no le conviene en absoluto ser la excusa del Ministerio del Interior para buscar las cosquillas al nuevo PDC. Serían un blanco fácil para la crítica. Además, este sería el segundo encontronazo de Demòcrates con sus aliados centristas.

El primero fue cuando rechazaron acudir a las elecciones españolas aliados con CDC porque, precisamente, lo hicieron bajo el nombre del antiguo partido. Entonces pidieron el voto para ERC (bueno, ellos dirían que para cualquiera de los dos partidos independentistas de Junts pel Sí que se presentaban en los comicios del 26-J), menospreciando que todos los militantes de Demòcrates que ostentan cargos en los departamentos de la Generalitat los ejercen en departamentos dirigidos por consejeros del PDC, como si UDC aún estuviese viva.

La brecha entre Demòcrates y PDC podría ensancharse si Castellà no modera un poco sus declaraciones. Todo tiene un límite y, como todo el mundo pudo comprobar el pasado fin de semana, la Magdalena no está para tafetanes. Los jóvenes centristas del PDC van a ser menos caritativos con Demòcrates que los viejos convergentes.

La cuestión del nombre es una metáfora de los cambios que se están produciendo en Cataluña en los últimos tiempos. Eso es lo que pasó cuando los congresistas rechazaron las dos propuestas de la antigua dirección de CDC para dar nombre al nuevo partido. Dejando a un lado que no tenían ningún sentido, uno por anodino y el otro por machista, los asociados aprovecharon la ocasión para expresar su malestar por las formas de pilotar la transición de un sujeto político a otro.

La nocturnidad y la alevosía no ligan demasiado con la exigencia de transparencia que reclama hoy una ciudadanía que está cansada de políticos engreídos y corruptos, cuyo pecado original es haber confundido el mandato democrático recibido con un mandato inquisitorial. Se acabó que los políticos tengan barra libre para mentir por sistema y olvidarse de que gestionan el futuro de las personas y no un cortijo privado. Y eso me parece estupendo, porque a nadie le gusta que le obliguen a un trágala sin la más mínima explicación.

En marzo de 1931, cuando se celebró la llamada Conferencia de Izquierdas, estaba previsto que el partido que después se denominó Esquerra Republicana de Catalunya adoptase el nombre de Partit Republicà Socialista de Catalunya. Al final no fue así. La presión ejercida por los grupos republicanos locales que acudieron a la cita, mucho más apegados a la realidad que los dirigentes nacionales, partidarios de incluir la palabra socialismo, rechazaron la propuesta.

El nuevo partido, que era una amalgama de tendencias catalanistas y republicanas de tradiciones distintas, alejada del marxismo, adoptó un nombre menos comprometido para integrar a los separatistas de Estat Català, -el pequeño pero activo grupo liderado por Macià-, a los republicanos izquierdistas de Companys y a los laboristas de Lluhí i Vallescà, entre otros grupos. ERC fue el primer catch-all party catalán.

Lo importante de lo que pasó el fin de semana pasado es que una nueva generación se puso en marcha para dirigir los designios del partido centrista catalán, se llame éste Partit Demòcrata Català o bien Partit Català d’Europa, que a mi modo de ver sería uno de los nombres más rupturistas que podría adoptar hoy un partido independentista catalán, republicano y humanista. Los que quieran seguir con lo de antes o incluso convertir el PDC en un partido de derechas y conservador, deberían buscar en otro lado.

La nueva generación de dirigentes centristas adopta formas más abiertas que la de sus antecesores porque, para empezar, son hijos de su tiempo, que en Cataluña son de signo liberal progresista. Su centrismo, y lo resalto para que nadie se confunda, es una actitud política que no puede asimilarse a la ideología. Antoni Fernández Teixidó, por ejemplo, está intentando armar otro partido centrista, como ya lo intentó en el pasado con un estruendoso fracaso, simplemente porque es contrario a la orientación independentista del PDC.

La frontera es esa y no el supuesto radicalismo de los independentistas moderados del PDC. Los que se están bajando del tren aprovechando que el ingreso en el nuevo partido no es automático, lo hacen porque no les gusta la definición aprobada por los congresistas, que no es nada ambigua en cuanto a la defensa del republicanismo y la independencia.

Los partidos son su gente. Sin los asociados no son nada. Sin que yo se lo pueda demostrar con estadísticas, tengo la sensación de que en el congreso fundacional del PDC la mediana de edad debía rondar entre los 45 y los 55 años, que es algo inferior a la de los votantes de CDC, bastante más viejos.

Si exceptuamos a Montserrat Candini, los 12 apóstoles propuestos por el tándem Pascal-Bonvehí son de la generación que no tiene vínculos con el pasado porque todavía son diez años más jóvenes que los dirigentes a los que van a sustituir. Puede que cometan errores y sean injustos con la vieja guardia, pero merecen que esperemos a que los cometan para criticarles. Los de antes cometieron tantos que deberían reflexionar sobre lo que les acaba de pasar y preguntarse por qué fueron tan timoratos ante la corrupción de algunos de sus compañeros.

El vendaval que se avecina no es, precisamente, cuestión de nombres. La gente, lo que incluye a quienes se asocian a un partido, está cansada de escuchar frases, peroratas y discursos anodinos y sin contenido. Quieren soñar su futuro.

Publicado en EconomiaDigital, 16/07/2016

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